El que tira a su esposa para salvarse a él mismo

Escribe: La Negra Meza

Algunas nos empezamos a dar cuenta de que algunas cosas no estaban bien cuando de repente los enemigos públicos de la patria eran un chico que venía de hacer surf o una señora que quería tomar sol en una plaza. Cuando hacían viajar a pata a personas por no tener un pase de “esencial” o porque se criminalizaba a un chico por haber ido a jugar a la pelota con sus compañeros de escuela. Cuando veíamos que no podía haber calamidad peor para la salud de los argentinos que el descalabro económico que la cuarentena imponía. Otros se mantenían firmes por fe ciega en la autoridad.

Pero hoy esa autoridad firmó su propia acta de defunción. Cuando ves que la autoridad jamás guardó las formas y los protocolos que a vos te obligaba a guardar bajo la amenaza de que si no lo hacías podías matar a tu familia, el principio de autoridad cesa del todo y es legítimo que prime el principio de rebeldía, de una vez por todas.

¿Qué otras evidencias se necesitan? ¿Se expondría el presidente a sí mismo, expondría a su esposa y a sus amigos a un virus mortal si el virus mortal fuese real? Digo, si la gravedad de la contingencia sanitaria fuera tal y como nos la vendieron a lo largo de este año y medio. Sinceramente, no lo creo.

Y por algo pongo en primer lugar al presidente. ¿Se expondría él mismo a un virus mortal? Porque a esta altura no sé si no expondría a su entorno. Honestamente, no lo sé, un hombre que tira a la marchanta a su esposa para salvarse a sí mismo no sé de qué es capaz.

Porque ha sido eso lo que pasó hoy, y ese es el motivo principal de esta indignación sorda que no puedo dejar de sentir por muchos temas de Los Beatles o Serú Girán que ponga a todo volumen para que me aturdan el pensamiento. Pasó que hoy un jefe de Estado le echó a su esposa la responsabilidad por un acto de suma gravedad ética cuyas consecuencias políticas habremos de esperar a ver, pero que bien podrían ser serias.

Y resulta llamativo, el hombre que supo jactarse de haber terminado con esa bolsa de gatos que el feminismo dio en llamar el “patriarcado” nos dice ahora, ante un hecho consumado de gravedad ética incalculable que la culpa de todo la tiene la mujer. Serpiente traidora, seductora y pérfida que lleva por el mal camino al buen hombre.

Ya antes la hizo quedar como una cornuda que tenía que fumarse que toda clase de mujeres visitaran al presidente sin que se supiera muy bien para qué, y ya entonces el presidente había dicho que todas esas señoritas estaban ahí para visitar a la primera dama.

Un hombre que se autopercibe feminista tirando a la jaula de los leones a una mujer para salvarse… Dos veces. Eso solo habla del hombre, no importa tanto si los errores fueron efectivamente de la mujer o no, importa que ante todo el hombre de bien debe anteponer a todo el bienestar y el honor de su mujer. Si hace falta que se inmole por la mujer, un hombre lo hace.

Y sí, vengan de a uno a decirme que soy de la época de los dinosaurios, porque eso que estoy diciendo es una antigüedad, pero lo voy a sostener y ¿saben por qué? Porque yo no reniego de los roles asignados a una familia tradicional como lo hacen quienes un día son el primer feministo y al día siguiente tiran a la mujer por la ventana.

Yo soy peronista y en el peronismo siempre es codo a codo. Sí, yo no haría ninguna movida que pudiera dañar la imagen pública de mi marido, y lo defendería a muerte si viera que alguien lo ataca, pero tengo la plena convicción, probada en la práctica, de que él haría lo mismo por mí, y más, porque el hombre con las pelotas puestas tiene esa cualidad de protector que siempre ofrece más, siempre cuida de lo que es suyo.

Pero el posmodernismo tiene eso, el presente sin horizontes, la ausencia de valores éticos fijos, la liquidez, el vale todo, el individualismo. Podemos jactarnos hoy de que hemos vencido al patriarcado y mañana ejercer el peor acto de machismo o mejor, de poca hombría, que pueda haber y la cosa sigue, porque no nos sostienen principios que regulen nuestro proceder.

Porque esa es la sensación, finalmente. La impotencia, la sensación de estar colgadas patas arriba sin que nos sostenga nada, cayendo al abismo. Vemos lo que está mal pero nada podemos hacer, fuera de época como estamos, porque en este tiempo de vale todo los principios morales son noticias de ayer.

Vivimos inmersos en la tragedia del Rey Lear, solas y a la deriva. Cuando la autoridad se diluye, reinan la locura y la tormenta.

Redacción

Equipo de redacción de La Gaceta de Recreo

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