SALIR A LA CALLE

Segunda salida.
Ya no se puede inventar nada más con lo que queda en la heladera y los estantes de la cocina.
Eso quiere decir que hay que salir a comprar. Y de pronto lo cotidiano se volvió peligroso.
Entonces, la noche anterior hacemos listas. Pensamos minuciosamente los ingredientes necesarios para diez días de alimentación. Lo único que tenemos claro es la botella de tinto para la noche, es fácil la cuenta con dos cajones estamos. Incluso sobra para ese día que la charla o el insomnio se prolonga más de la cuenta.
Al día siguiente bien temprano, unos mates y prepararse para salir. Ropa fácil de secar y de sacarse. Me calzo las zapatillas de andar las calles, dejo las ojotas al lado de la puerta de atrás para cuando vuelva. Me cuelgo la riñonera cruzada sobre el pecho y agarro mi única arma para sentirme un poco protegida, un atomizador pequeño con alcohol al setenta por ciento.
Las calles casi desiertas, en los lugares de comida, colas de gente separada por la distancia que dice el protocolo, algunes con barbijos, otres con guantes y barbijos y unes pocos con unas máscaras transparentes que les bajan desde la frente hasta el mentón.
Casi nadie habla, solamente lo necesario. Nos saludamos con la bajada típica de cabeza y una mueca tenue de la boca. En otros tiempos los hombres la acompañaban con tres dedos de su mano en la parte frontal de su sombrero.
Lo que antes demoraba un rato hoy te lleva tres horas, no pasa nunca el tiempo, quiero volver. Me corre un temblor por el cuerpo, ya estuve demasiado expuesta, pienso.
Cuando subo al auto ya de vuelta sé que ahí empieza el otro trance. Desinfectar todo, quitarme toda la ropa que va directo al lavarropas incluida la riñonera y el monedero con los billetes. Yo, a la ducha, me paso fuerte la esponja de esponja porque es áspera, creo que me limpia mejor, me la paso por la cara, me sueno varias veces la nariz y me enjabono las manos cada vez después.

Siento una tranquilidad que no sé explicar cuando el agua jabonosa corre por todo mi cuerpo.
Cuando salgo de la ducha, ropa limpia, fresca. Tiendo la ropa al sol que está a pleno.
Pongo el agua para unos mates. Me siento a salvo. Lloro.

Gaby Maffasanti

Docente, militante. De Capital Federal

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